Decimus ya estaba acostumbrado a aquel olor, llevaba
conviviendo con él desde que su amo le vendió para pagar ciertas deudas,
separándole así a los quince años separándole de todo cuanto había conocido.
Pero pese a los seis años que había tenido para acostumbrarse, a sus casi
veintiún años aquello aún generaba en él la más pura sensación de asco; algunos
de sus compañeros de profesión lo llamaban "el aroma de la gloria",
otros incluso lo denominaban "el aroma de la libertad"... Para él aún
era el hedor de la muerte.
Una vez más notaba aquel olor en el aire mezclado con otros
para él ya familiares como el sudor y la arena, un día más se encontraba en
aquel escenario sangriento, en aquel juego que a un puñado de los suyos les
había dado fama y riqueza, pero a otros tantos les había arrancado la vida
entre el clamor de las exaltadas masas que coreaban el nombre de quien le
ejecutaba. Allí estaba, en el Anfiteatro Flavio dando a Roma su tan ansiado
espectáculo y otra vez se había alzado como el vencedor de la contienda. Pero
en aquella ocasión tuvo un derroche de mala suerte, pues debió mirar como el
emperador Lucius Aurelius Commodus alzaba su dedo corazón y apuntaba a su
pecho, condenando así al gladiador en el suelo a muerte mientras Decimus se preguntaba
cuántos habían muerto ya, los gladiadores eran caros y rara vez se daba la
orden de matar... Pero estaba seguro de que en aquellos juegos en honor al
difunto Marco Aurelio había pasado por el filo de su espada más hombres que en
el año anterior en conjunto. Y eso hizo una vez más, mirando a los ojos al
hombre con el que había compartido el pan el día anterior, atravesó con su
gladius su pecho como el emperador había pedido apenas un segundo antes, dando
por terminada la vida de Marcus y su jornada pues el sol ya se estaba poniendo.
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